lunes, 11 de abril de 2011

SE ENTREGA A LA MUERTE, LIBREMENTE ACEPTADA (de las catequesis preparatorias de la JMJ)

1. El dolor es una realidad universal que ningún hombre ni sistema puede eliminar


Todos sufrimos: es una realidad universal. Desde que nacemos no podemos evitar el dolor. En todas las etapas de nuestra vida constatamos esta realidad, pero a medida que crecemos la vamos sintiendo más. El hombre, en la medida en que es consciente de lo que le ocurre, sufre más.

Hay una lucha permanente entre dejar de sufrir y aceptar las situaciones dolorosas que nos sobrevienen inevitablemente. El ser humano busca eliminar el sufrimiento físico, psíquico y moral. La investigación científica, en el campo de la medicina por ejemplo, avanza en la lucha contra el dolor, pero no puede abolirlo. El combate frente al sufrimiento es legítimo y necesario, pero no puede ser el objetivo final, porque lleva a la frustración de no poder aniquilar algo que permanece de muchos modos en cada persona y en la sociedad.

El dolor pone al hombre ante su debilidad. Éste no respeta ninguna edad ni situación. Nos llegan noticias de desgracias naturales, muertes repentinas, enfermedades incurables. Conocemos niños y jóvenes a los que les sorprende en edad temprana situaciones muy dolorosas que no podemos explicar ni entender, lo cual trunca muchos proyectos aparentemente legítimos. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿El dolor conlleva la ruina y la tristeza para el que sufre? ¿Es posible sufrir y ser feliz?

Si el objetivo final es abolir el sufrimiento para poder ser feliz, sería imposible la felicidad en esta tierra, porque es imposible eliminar totalmente el dolor. Entonces, ¿cómo integrar el dolor, las debilidades e incapacidades para que la vida sea auténticamente lograda?, ¿cómo compaginar una vida plena y auténtica cuando el dolor sobreviene?


2. El dolor es un misterio

Cuando llega una situación dolorosa se suelen dar las siguientes etapas: primero la negación de la misma, después la pregunta sobre esa situación y, tras un tiempo, la tensión entre aceptarlo o rechazarlo. Veamos cómo se dan.


Ante una circunstancia muy dolorosa es muy frecuente negarla diciéndonos: "esto no ha ocurrido", "no es posible que esto me haya sucedido a mí". Cuando uno ya no puede negarlo, porque la realidad se acaba imponiendo, se suscita la pregunta del por qué: ¿por qué esta enfermedad?, ¿por qué esta desgracial? Y no encontramos respuesta ante este cuestionamiento existencial. Atascarse en esta etapa lleva a la frustración. No hay una respuesta plenamente convincente ante el porqué del dolor. Pero no podemos quedarnos ahí.



La pregunta del porqué es inevitable y necesitamos hacerla durante un tiempo. Pero necesitamos dar un paso más. El hombre tiene la necesidad de dar sentido a toda realidad. A la pregunta del por qué debe seguir otra: la del "para qué". Pero dar este paso supone una decisión previa. Ante la realidad del dolor es necesario tomar una opción. O el lamento permanente del no poder comprender por qué ha sucedido ese acontecimiento doloroso, lo cual lleva a la amargura, o bien aceptar -aunque no se comprenda- que ese hecho tiene un sentido más allá del aparente. El dolor nos sitúa ante el misterio de algo que se nos escapa radicalmente. Y ante el misterio la actitud más adecuada es la del silencio y la adoración.


El silencio es la mejor reacción ante el dolor ajeno. Cuando alguien está sufriendo, ¿de qué le sirven las palabras, muchas veces forzadas, del que le intenta consolar? Ante el sufrimiento lo primero y fundamental es callar; no malgastar palabras, al menos no decir una sola que no se sienta completamente, pues ante el dolor todo suena a falso; cuanto más, lo que ya es falso de por sí. En esas circunstancias lo mejor es acompañar en silencio, estar junto al que sufre, tratar de asumir interiormente su dolor y así amarle sin palabras.

Ante el sufrimiento propio lo mejor es expresar el sentimiento (con palabras, gritos, con lágrimas.) y entregarlo a Dios. Son dos momentos y dos niveles: el del sentimiento del dolor que necesita ser sacado de nuestro corazón y se saca expresándolo, y luego entregar al Señor ese sentimiento, ofrecerle esa situación.

Lo peor de cualquier situación dolorosa no es ésta en sí misma, sino el no poder aceptarla. Hay personas con enfermedades muy graves irreversibles, hay madres que han perdido a un hijo y que viven felices, no porque no les duela esa situación, sino porque la han aceptado y la han dado un sentido que les permite integrarla.


3. El dolor, una vez asumido, colabora a la realización y plenitud del hombre

Podríamos decir que sufrir no es bueno -porque no es agradable y resulta doloroso- pero sí es bueno haber sufrido, porque nos permite ser más comprensivos ante los límites de los demás. Todo dolor conlleva una crisis que, cuando se supera, posibilita el crecimiento y la maduración. El dolor purifica, nos sitúa en nuestra más honda realidad. El sufrimiento va limando nuestro corazón y duele mucho, pero el efecto que deja al ser limado es el de un corazón más comprensivo, más capaz de amar. El sufrimiento aceptado permite comprender mejor la debilidad humana. El que ha sufrido sabe compadecerse mejor que el que no ha tenido esa experiencia. Por eso Dios mismo ha querido entrar en el camino del dolor. Dios, en su Hijo Jesucristo, ha asumido totalmente nuestro dolor para así consolarnos.


4. La cruz de Jesucristo es la respuesta de Dios al sufrimiento humano

La realidad del sufrimiento es un escándalo para el que espera que Dios impida el dolor. La célebre acusación contra la existencia de Dios por la realidad del sufrimiento todavía permanece: ¿cómo puede seguir habiendo sufrimiento si existe un Dios bueno y omnipotente? Pero Dios, que es omnipotente y podría evitar todo dolor, no lo hace, no porque sea malo, sino porque acepta la libre decisión del hombre, que al enfrentarse a Dios y alejarse de Él ha abierto la puerta al dolor y a la muerte.


Ante esta situación, producida por la libertad humana, Dios libremente no suprime lo que el hombre produjo con su libertad. Pero no quiere dejarle solo y por eso Él también asume lo que, de por sí, no le corresponde. Su respeto a la libertad es tan grande que más que eliminar el dolor lo que hace es asumirlo. Este es el sentido de la Pasión: Jesucristo comparte totalmente nuestra condición doliente y nos acompaña en ella.


Así pues, ¿cuál es la respuesta de Dios ante el sufrimiento humano? Dejar que su Hijo pasase por lo mismo que nosotros, hasta morir del modo más ignominioso, como un esclavo. ¿Cuál es la respuesta de Dios ante el sufrimiento de su Hijo? El silencio. Dios calla. Es un escándalo. Él lo podría haber evitado. Pero no, no lo hizo. ¿Por qué? ¿Por qué dejó que su Hijo muriese, sufriese? ¿Por qué en Getsemaní, cuando su Hijo con lágrimas en los ojos y sudando sangre de angustia le pidió clemencia, que pasase de Él ese cáliz amargo de sangre, por qué en ese momento calla? Es el Misterio de Dios, el Misterio del sufrimiento, el Misterio del hombre.


¿Qué hace Jesús ante su propio sufrimiento durante la Pasión? Jesús habitualmente calla y cuando habla no lo hace para defenderse, sino para enseñar, para educar con su actitud. ¿Qué ocurre en el Calvario? Hay silencio, sólo roto por los que se burlan de Jesús o por sus "siete palabras" en la cruz. Jesús evangeliza en su vida terrena, y en su muerte, silenciosamente. Sin dejar de ser Hijo de Dios, en la cruz manifiesta su lado más humano, del que quiso hacerse en todo semejante a nosotros excepto en el pecado. Nos resulta difícil comprender por qué Dios se revela en esa debilidad.


5. El sentido de la muerte de Jesús

La muerte del Hijo de Dios en la cruz es un misterio. Ante el misterio, decíamos antes hablando del sufrimiento, la mejor respuesta es la contemplación y la adoración del mismo. No avanzamos preguntándonos por el por qué. Pero sí cuando nos interrogamos: ¿para qué muere Jesús?

a) Libremente y por amor

Jesús acepta la muerte de un modo voluntario y libre. ¿Para qué? Para redimirnos del pecado. Este "para qué" contiene un por qué más profundo: el amor del Padre que se manifiesta en su Hijo Jesucristo. Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, los amó hasta el extremo (Jn 13, 1) porque nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos (Jn 15, 13). En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar. Jesús asume la muerte, no porque le resulte agradable, sino porque quiere hacer la Voluntad del Padre, que por Amor pide esa entrega definitiva.


b) A todos y cada uno

La eficacia de la redención de Cristo afecta a todos los hombres de un modo personal. "Como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos" (Rm 5, 19). El colectivo "todos" supone que afecta a cada uno en particular.


6. La cruz es fuente de vida.

Jesús asume todo lo humano y por eso acepta el sufrimiento como algo que hay que tomar para que el hombre sea liberado de él. Mirar a Cristo en la cruz es encontrar el consuelo y la paz para vivir nuestros sufrimientos. Salir de uno mismo mirando a la cruz de Cristo es saberse acompañado por Él que ha querido tomar sobre sí todas nuestras dolencias por amor. Esta es la experiencia de los santos, que al unirse a la Cruz de Cristo encuentran el sentido pleno de su entrega.

a) En la compañía de los santos y de toda la Iglesia

San Pablo experimenta en su propia carne la cruz de Jesús: "Estoy crucificado con Cristo; vivo yo, pero no soy yo, sino que Cristo vive en mí" (Gal. 2.19-20). "Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los griegos: mas para los llamados... fuerza de Dios y sabiduría de Dios... Pues no quise saber entre vosotros otra cosa sino a Jesucristo, y éste crucificado" (1Co 1,23-24: 1Co 2, 2). Vive todas las penalidades que sufre en la misión con la alegría del que se sabe unido a Cristo.

San Francisco de Asís, que tiene una visión y una experiencia mística de la cruz en la que recibe las cinco llagas dirá: "Me sé de memoria a Jesucristo crucificado". Este conocimiento se aprende mirando al crucifijo. Es un conocimiento comprensivo y entrañable. Es un conocimiento fruto del amor.


La Beata Teresa de Calcuta dice: "Nuestros sufrimientos son caricias bondadosas de Dios, llamándonos para que nos volvamos a Él, y para hacernos reconocer que no somos nosotros los que controlamos nuestras vidas, sino que es Dios quien tiene el control, y podemos confiar plenamente en Él".

b) En la cruz está la vida y el consuelo

La contemplación de Cristo nos permite ver cómo su muerte es fuente de vida. Es normal que el dolor asuste -así le pasó a Jesús en el huerto de los olivos- pero cuando se acepta y se integra como paso necesario para una vida resucitada, es fecundo. La Cruz es el único medio que tenemos para ascender hasta Dios. El que entra seriamente en el camino de la Cruz, quedará cambiado en su interior. Nosotros seremos iguales a Él, si llevamos su Cruz tras Él.


c) La salvación pasa por la cruz.

Cristo murió una vez y por todos, pero en los miembros de su cuerpo sigue sufriendo cada día. Cristo sufre con todo el dolor de la humanidad, de cada hombre. Por eso Él y sólo Él puede restaurar y dar sentido al sufrimiento.


El sufrimiento tiene sentido porque será el paso necesario para que nuestra vida sea transfigurada. El pan no se puede repartir si antes no se parte, no se rompe. Tampoco nosotros podremos repartirnos, podremos manifestar la vida que llevamos dentro y a la que estamos llamados, si no nos partimos, si no aceptamos sufrir por amor. Estar así es camino de salvación, es vivir como Jesús la humanidad, es ser personas en plenitud.


La muerte no tiene la última palabra. Cristo con su resurrección ha vencido el poder del pecado y de la muerte. El significado de la muerte de Jesús queda iluminado con la gloria de la resurrección.


domingo, 13 de marzo de 2011

LLAMABA A COMPARTIR SU VIDA Y SU MISIÓN (de las catequesis preparatorias de la JMJ)

1. Juan Pablo II a los jóvenes
"En realidad, es a Jesús a quien buscáis cuando soñáis la felicidad; es Él quien os espera cuando no os satisface nada de lo que encontráis; es Él la belleza que tanto os atrae; es Él quien os provoca con esa sed de radicalidad que no os permite dejaros llevar del conformismo; es Él quien os empuja a dejar las máscaras que falsean la vida. Es Jesús el que suscita en vosotros el deseo de hacer de vuestra vida algo grande, la voluntad de seguir un ideal, el rechazo a dejaros atrapar por la mediocridad, la valentía de comprometeros con humildad y perseverancia para mejoraros a vosotros mismos y a la sociedad, haciéndola más humana y fraterna.” (JUAN PABLO II, Jornada Mundial de la Juventud, Roma, agosto 2000).

Cada uno tiene que pararse a pensar si son éstos los sentimientos que más frecuentemente ocupan su corazón: soñar la felicidad, sentir insatisfacción con lo que se encuentra, sentirse atraídos por la belleza, tener sed de radicalidad, dejar las máscaras que falsean la vida, hacer de la vida algo grande, seguir un ideal, hacer una sociedad más humana y fraterna.

Juan Pablo II no se limitaba a afirmar lo que con toda probabilidad eran los sentimientos más comunes de los jóvenes. Interpretaba esos sentimientos y declaraba su significado: "Es Jesús a quien buscáis., es Él quien os espera., es Él la belleza que os atrae, es Jesús quien suscita en vosotros el deseo…
La llamada de Jesús resuena dentro de nosotros mismos, en nuestra propia vida. Podemos reconocer la pregunta que hizo Jesús a los dos discípulos de Juan Bautista, cuando le seguían sin saber bien adónde: "¿Qué buscáis?" (Jn 1,37). Y podemos reconocer también la respuesta que acertaron a balbucir los discípulos: "Maestro, ¿dónde vives?" (Jn 1,39). Se dejaron atraer por Jesús y consintieron en seguirle.

2. Escuchamos la Palabra de Dios

Nuestra existencia no es puro azar, no hemos sido arrojados al mundo, no existimos por casualidad o por un absurdo. El Señor tiene un plan para cada uno de nosotros. Cuenta con nosotros para confiarnos una misión: es lo que estamos llamados a hacer en la vida para tejer la historia y contribuir a la edificación de su Iglesia, templo vivo de su presencia.

En origen de nuestra vida hay una llamada. Vivir es percibirla, permanecer a la escucha, ser valientes y generosos para responder. Al final de nuestra existencia en la tierra seremos considerados siervos fieles que han aprovechado bien los dones que se nos han concedido.

Hemos sido creados a imagen de Dios, para ser sus hijos, unidos por la acción del Espíritu Santo a Jesucristo, que es el Hijo. Estamos tan fuertemente llamados a vivir unidos a Jesucristo, que sólo conociéndole a Él nos entendemos a nosotros mismos y comprendemos nuestro destino. Por eso el primer paso de nuestra respuesta es el Bautismo, por el que fuimos hechos miembros de su Cuerpo. En Él se va formando el pueblo de los llamados.

Nadie mejor que Jesucristo, el Hijo Eterno de Dios hecho hombre, puede hablarnos y reproducir en nosotros su imagen de hijo. Por eso nos invita a seguirle, a ser como Él, a compartir su vida, su palabra, sus sentimientos, su muerte y resurrección. El Hijo de Dios se hizo hombre para que la llamada de Dios resuene siempre en nosotros. No existe un solo párrafo en el Evangelio, o un encuentro o un diálogo que no exprese, directa o indirectamente, una llamada por parte de Jesús. Según los relatos de los evangelios, parece que, Jesús siempre deja a quienes se encuentran con Él la misma preocupación: ¿qué hacer de mi vida?, ¿cuál es mi camino?

Jesús llama a todos. Es una llamada universal. Rompe las barreras de lo puro-impuro, pecadores-fieles. Llama a los publicanos que están lejos de la comunidad, incluso a los zelotes, o a los simples iletrados pecadores.


La llamada es apremiante. La respuesta debe ser rápida y sin reservas. Ante su llamada no se puede tergiversar nada ni tomarse ningún tiempo para realizar otras tareas humanas. A la llamada de Jesús para el Reino los discípulos responden inmediatamente y con toda la vida.
Los discípulos siguieron a Cristo. Seguir a Jesús es fiarse de Él, dejarse iluminar por Él. La "obra" principal que el Padre pide de quienes siguen a su Hijo es "que crean en él" (Jn 6,29).

Los discípulos son invitados a seguirle viviendo con Él y como Él. Es la llamada de Jesús a todo hombre. Una llamada que, para ser escuchada, requiere búsqueda y generosidad. De otro modo es difícilmente perceptible.

Jesús llama a dar la vida: lo experimentaron los primeros discípulos y todos los que le han seguido después. Seguir a Jesús consiste en compartir su propio destino, en ser y obrar como Él. Más en concreto: vivir su misma relación con el Padre y con los hombres, sus hermanos. Los discípulos de Jesús aceptan la vida como un don recibido de las manos del Padre, para "perderla" y verter este don sobre aquellos que el Padre les ha confiado.

La vida toda de Jesús, y todo su ser, gira en torno a la misión. En ella se concentra y se expresa su obediencia al Padre y su amor tan extremado a sus hermanos: "Nadie tiene un amor más grande que éste: el de dar la vida por los propios amigos" ( Jn 15,13).

"Jesús, al invitar al joven rico a ir mucho más allá de la satisfacción de sus aspiraciones y proyectos personales, le dice: 'Ven y sígueme'. La vocación cristiana nace de una propuesta de amor del Señor y sólo puede realizarse gracias a una respuesta de amor: 'Jesús invita sus discípulos al don total de su vida, sin cálculo ni interés humano, con una absoluta confianza en Dios.

Siguiendo el ejemplo de tantos discípulos de Cristo, acoged también vosotros con alegría, queridos amigos, la invitación a seguirle para vivir intensamente y con fecundidad en este mundo. Por el Bautismo, en efecto, llama a cada uno a seguirle a través de acciones concretas, a amarle por encima de todo y a servirle en sus hermanos. El joven rico, infelizmente, no acogió la invitación de Jesús y se marchó muy triste. Le había faltado valentía para desprenderse de los bienes materiales para encontrar el bien incomparable que Jesús le proponía.

La tristeza del joven rico del Evangelio es la que nace en el corazón de cada uno cuando no se tiene la valentía de seguir a Cristo, de elegir la mejor opción. ¡Pero nunca es demasiado tarde para responderle!

No tengáis miedo, queridos muchachos y queridas muchachas, si el Señor os llama a la vida religiosa, monástica, misionera o de especial consagración: él sabe dar una profunda alegría a quienes responden con valentía. Invito, además, a los que sienten la vocación la matrimonio a acogerla con fe, comprometiéndose a poner sólidas bases para vivir un gran amor, fiel y abierto al don de la vida, que es riqueza y gracia para la sociedad y para la Iglesia"
(BENEDICTO XVI, Mensaje a los Jóvenes en la XXV JMJ, 2010).

3. Nuestra respuesta

La historia de toda vocación cristiana es la historia de un diálogo entre Dios y el hombre, entre el amor de Dios que llama y la libertad del hombre que responde a Dios en el amor. Un encuentro de dos libertades. Nada más sagrado, nada que exija más respeto.

Para acoger una propuesta fascinante como la que nos hace Jesús, para establecer una alianza con él, hace falta ser jóvenes interiormente, capaces de dejarse interpelar por su novedad, para emprender con él caminos nuevos. Jesús tiene predilección por los jóvenes, como lo pone de manifiesto el diálogo con el joven rico; respeta su libertad, pero nunca se cansa de proponerles metas más altas para su vida: la novedad del Evangelio y la belleza de una conducta santa.

El cristianismo sólo se puede vivir en plenitud si se vive desde la llamada. "Si quieres" dice el Señor. Él respeta nuestra decisión, nuestra libertad.

domingo, 6 de marzo de 2011

RESUMEN DE LA SEGUNDA REUNIÓN INFORMATIVA DE LA JMJ

Desde la parroquia nos recuerdan que ya podemos inscribirnos para la Jornada (recordad que cuanto antes estemos todos inscritos, antes se podrá mandar a la diócesis, y antes podrá la diócesis cerrar al grupo para que nos pongan más cerca del Papa). Esta semana Dios mediante se abrirá una cuenta bancaria para que podamos ingresar el dinero de las inscripciones. Recordad que la opción que más nos interesa es la del fin de semana sin alojamiento ni comida (45€). Podéis recoger las inscripciones en la casa parroquial. Acordaos de que hay que rellenar las 2 inscripciones (el folio entero) y entregárselo a Arancha.

Si queréis apuntaros como voluntarios (por aquello de “dad gratis lo que gratis habéis recibido”, porque es cierto que la organización se está viendo un poco desbordada con toda la gente que se prevé que venga, porque el Papa después tendrá un encuentro sólo con los voluntarios…), lo mejor es que os apuntéis para colaborar la semana previa y no el fin de semana propio del encuentro, para que así podáis disfrutar de las actividades fuertes.

Con respecto al Proyecto Nicaragua Madrid-2011, sabed que ya hay jóvenes en Nicaragua reuniéndose para prepararse para la JMJ. En próximas reuniones os los iremos presentando para que conozcáis a estos hermanos nuestros que tanto van a dar y recibir en nuestra parroquia este verano. En la próxima reunión, además, os cantaremos el plan de actividades que ha propuesto el Proyecto para la semana previa a la Jornada.

Como el catecismo dice de los laicos que “en las comunidades eclesiales, su acción es tan necesaria que, sin ella, el apostolado de los pastores no puede obtener en la mayoría de las veces su plena eficacia”, y nuestros sacerdotes, por mucho que quieran, no se pueden partir por la mitad para llegar a más cosas, se ha establecido un comité para planear lo que vamos a hacer en la semana previa a la Jornada y otros temas de organización. Los valientes son: Lisseth, Patricia, Ana Sánchez, María, Laura, César, Sergio Mateo y Lara.

La siguiente reunión será el sábado 14 de Mayo a las 18.00 en la casa parroquial, pero antes tendremos un encuentro de jóvenes con nuestro obispo, con motivo de la visita pastoral, que será el viernes 1 de Abril a las 20.30.

¡¡No faltéis, y avisad a todo el mundo, que estas cosas son las que hacen parroquia!!



miércoles, 2 de marzo de 2011

ANUNCIABA EL REINO DE DIOS: SU ENSEÑANZA Y SUS OBRAS (de las catequesis preparatorias para la JMJ)

1. Una mirada a la realidad

A medida que vamos creciendo y madurando, nos damos cuenta de que hay algo en lo más hondo de nosotros mismos, que es lo que nos motiva para vivir, trabajar, hacer proyectos. Aunque no sepamos explicarlo bien, el sentirnos a salvo, la satisfacción y la felicidad que no dejamos de perseguir en la vida tienen que ver con esa realidad, más o menos identificada, que nos impulsa.
Nos gustaría que toda nuestra vida quedara unificada en torno a esa fuerza.Pero nos damos cuenta también de que estamos como divididos por dentro: queremos lo bello, lo bueno, lo verdadero, todo lo mejor, y, al mismo tiempo, experimentamos la parcialidad y la finitud.
Aspiramos sinceramente a construir un mundo más justo y solidario, pero cuántas veces en la práctica no terminamos de saber bien qué queremos, ni cómo queremos ser, ni por qué caminos queremos avanzar.Somos contradictorios. Ponemos todo nuestro interés en conseguir unas metas en las que esperamos encontrar la felicidad, pero, conseguidas las metas, sentimos que lo que buscábamos era mucho más que lo que hemos logrado. Somos más felices por lo que deseamos que por lo que poseemos. Sentimos una sed imperiosa de más, una sed insaciable; soñamos lo infinito, pero los logros son siempre finitos. Hay que buscar otra vez, comenzar siempre de nuevo.

2. El anuncio de la Buena Noticia

"Jesús, lleno de la fuerza del Espíritu, regresó a Galilea, y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todo el mundo hablaba bien del él.Llegó a Nazaret, donde se había criado. Según su costumbre, entró en la sinagoga un sábado y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, al desenrollarlo, encontró el pasaje donde está escrito.El espíritu del Señor está sobre mí,porque me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres;me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivosy a dar la vista a los ciegos, a libertar a los oprimidosy a proclamar un año de gracia del Señor.Después enrolló el libro, se lo dio al ayudante y se sentó. Todos los que estaban en la sinagoga tenían sus ojos clavados en él. Y comenzó a decirles.Hoy se ha cumplido el pasaje de Escritura que acabáis de escuchar" (Lc 4, 14-21).
El pasaje de la Escritura se cumple en Jesús. La Buena Noticia es Jesús mismo. Es la gran noticia para los deseos de plenitud, de bienaventuranza y alegría que anidan en nuestro corazón."El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí que beba" (Jn 7,37). La Buena Nueva es la persona misma de Jesús. En sus palabras y sus obras se nos manifiesta la oferta de salvación que hace Dios a los hombres de todos los tiempos. Su humanidad aparece como el signo e instrumento de su divinidad y de la salvación que trae consigo. Lo visible de su vida terrena conduce al misterio invisible de Dios.
Si el cristianismo, como se dice en tantas ocasiones, es en primer lugar una Persona, Jesús, y no una doctrina, todo comienza por conocerle a Él. El conocimiento es lo que abre camino en el corazón a todo lo demás: conocer a Jesús para amarle y seguirle. No es un conocimiento teórico y abstracto; es conocimiento concreto de sus dichos y hechos, de su vida, muerte y resurrección, que se pueden llamar "misterios" porque en ellos se manifiesta Dios, porque en ellos Dios ofrece la salvación a toda la humanidad. No se ama lo que no se conoce, y si no se ama, ni se busca ni se goza.
El centro de la vida de Jesús es el mensaje de la llegada del reino de Dios. Cuando decimos "reino de Dios" nos referimos a "señorío de Dios". Es Dios mismo. La venida del reino de Dios significa la venida del mismo Dios que, con su cercanía, nos invita a participar de su vida divina. Cada uno somos responsables de aceptar o rechazar la invitación. La predicación de Jesús sobre el reino, más que proclamar los derechos de Dios, proclama la dicha del hombre que acoge su oferta.
Los anhelos de la humanidad, los deseos más hondos del corazón humano, se ven infinitamente colmados en el encuentro con Jesús. Ahí se ve con claridad que el cumplimiento de las aspiraciones más auténticamente humanas no es resultado de nuestro empeño, sino acción de Dios, don de Dios que nosotros acogemos agradecidos. El reino de Dios contiene una promesa que no podemos planificar, ni organizar, ni construir con nuestras exclusivas fuerzas; es un regalo, un don que se nos ofrece gratuitamente. Sólo podemos pedirlo, que es a lo que nos invita Jesús: "Venga a nosotros tu reino".La presencia del reino de Dios entre los hombres se manifiesta primordialmente en el perdón que, de palabra y de obra, proclama Jesús, como buena noticia que trae para los pecadores y los pobres que confían en Dios. Jesús mismo es la misericordia de Dios hecha carne. El amor misericordioso de Dios acoge siempre a todo hombre. Dios Padre se compadece del pecador y lo atrae hacia sí con un amor sin límites.
"Jesús recorría todas las ciudades y pueblos, proclamando la Buena Nueva del reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia" (Mt 9,35). Los milagros forman parte de la proclamación del reino de Dios. Son signos de que el reino de Dios, con toda su fuerza misteriosa, está ya realizándose en medio de los hombres.Cuando Jesús libera a algunos hombres de males como el hambre, la injusticia, la enfermedad o la muerte, quiere hacernos ver que él ha venido para liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado, que es el mayor obstáculo a la vocación de hijos de Dios y la causa de todas las servidumbres humanas. Sólo unos ojos y oídos creyentes pueden comprender bien las acciones de Jesús. Los milagros son signos de su amor y de su poder y los hace para atraer a la fe. No sólo muestran que el reino ha llegado, sino que nos iluminan y nos invitan a creer y convertirnos.
3. La Buena Noticia se nos anuncia hoy a nosotros

Aunque sea en medio del ruido, la confusión, las dudas, los deseos más nobles y las contradicciones personales, el anuncio del Evangelio nos alcanza hoy también a nosotros. Jesús nos revela en él la cercanía de Dios. Él nos dice: "Está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed la Buena Noticia" (Mc 1,15). Si lo tomamos en serio y dejamos que resuene en nuestro interior, resulta ser una propuesta que desafía nuestra libertad. No podemos sustraernos; tenemos que rechazarlo o atrevernos a acogerlo. Jesús es el único que puede colmar nuestras aspiraciones. El mismo que nos llama, nos da el valor y la fuerza para convertirnos a Él.

martes, 1 de marzo de 2011

VISITA A LA AGUILERA (BURGOS)

El pasado 19 de Febrero de 2011, fuimos de convivencia a La Aguilera (Burgos), al monasterio de las monjas de “Iesu Communio”.

Por la mañana, estuvimos en uno de los locutorios de su nuevo y rehabilitado convento, hablando con tres monjas, muy simpáticas, que nos dieron a conocer no sólo la palabra de Dios más viva que nunca, sino también, su ejemplo de vida, alegría, pasión por vivir, en resumen, que su vida es Cristo y nos invitan a que sea la nuestra también.

Por la tarde, tuvimos el privilegio de ver la toma de hábito de una chica, Toñi, de 20 años. En la
toma de hábito, casi al final de la Eucaristía, se llevaron a la chica para vestirla con el hábito, pero
sin la toca y, al acabar, dan la opción de pasar a rezarle a la “Virgen Pastora”, un momento
individual y muy especial. Es aquí donde cada uno pone su vida delante de la Virgen, postrado ante sus rodillas.

Una vez terminada la Eucaristía, estuvimos en otro locutorio, muy peculiar, muy grande y con
forma circular: todas las monjas estaban a un lado, y las personas que las acompañábamos ese día, al otro. Allí estuvimos hablando con ellas, haciendo preguntas, contando sus vocaciones. También ahí mostraban su alegría, nos regalaron algunos cantos e incluso, unas sevillanas.


Como las monjas están abiertas a la conversación, nos quedamos hablando un rato con unas
monjas, y luego nos volvimos todos llenos de euforia, alegría, rezando el rosario en el camino de
vuelta y cantando canciones, compartiendo nuestras propias experiencias del día y también,
hablando sin decir nada, pues en nuestros corazones estaba Jesucristo y lo único que podíamos
hacer era mostrar nuestra sonrisa de oreja a oreja.

Para terminar el día, nos fuimos a cenar todos juntos y a comentar el día tan completo y
maravilloso que habíamos vivido.

Grupo de los jueves

TESTIMONIO GRUPO DE JÓVENES

¿Qué es para nosotros este grupo de jóvenes?

Para nosotros, este grupo de jóvenes ya confirmados, es un medio de descanso de nuestro
estrés diario, en el cual nos expresamos y ponemos de manifiesto nuestras opiniones de forma
libre, compartiendo con nuestros compañeros temas de actualidad, gran interés, y útiles para
jóvenes en la actualidad.

A lo largo del curso, aparte de conversar cuando nos reunimos los jueves a las 20,00 horas,
también realizamos diferentes actividades, como son las convivencias, en las cuales
conocemos y compartimos nuestra fe; colaborar con el voluntariado de San Juan de Dios, en
Ciempozuelos, y conociendo a los distintos enfermos que allí viven; tareas de acción social,
etc…

Antes de entrar en el grupo, estábamos un poco perdidos, sin un grupo de referencia con
jóvenes donde ubicarnos, juntarnos y compartir nuestras inquietudes. Pero cuando nos
propusieron entrar en este grupo, todo ha cambiado. Desde que comenzamos a reunirnos,
nos sentimos como en familia, y a medida que va pasando el tiempo, vamos sintiendo la unión
con el resto de compañer@s y el catequista.

Grupo de los jueves