
Ya hemos visto que las dimensiones de nuestra espera nos superan por todas partes. Ante esto surge una doble tentación:
- “No somos limitados”: la tentación de negar nuestro ser limitado ha acompañado siempre el camino del hombre. El hombre no resiste en la espera de la respuesta que colme la sed infinita de su corazón, y cede a la tentación de pensar que puede darse esa respuesta por sí mismo. Esto ocurre en el Génesis, cuando Adán y Eva comen de aquel fruto para “saber”. «Entonces se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos» (Gn 3, 7). El intento fallido de darse respuesta por sí mismo conduce al hombre a la vergüenza: su límite deja de ser ocasión de apertura y espera, y se convierte en herida y condena. Ante esto, casi inevitablemente, surge la otra gran tentación
- “No estamos abiertos al infinito”: se abre paso en la vida del hombre ese terrible enemigo que se llama "escepticismo". Esta tentación también ha acompañado a los hombres desde el inicio de la historia. Hoy este escepticismo se manifiesta en la búsqueda frenética de satisfacciones y placeres limitados que se suceden unos a otros vertiginosamente. ¡Como si la multiplicación de lo limitado pudiese tener como resultado lo infinito!
Atención: ¡el mundo no se divide en pretenciosos y escépticos! Todos somos un poco pretenciosos y un poco escépticos. Es más, normalmente pasamos a ser escépticos cuando nos damos cuenta de que nuestra pretensión no tiene fundamento, cuando nuestras fuerzas nos desilusionan, y cuando nos reponemos un poco, no es difícil que del escepticismo pasemos a la tentación del superhombre. ¡Y así pasamos el tiempo de una tentación a la otra! El problema es que decir "soy capaz por mí mismo" o, por el contrario, afirmar "no es posible", son dos formas de abandonar la espera.
2. Dios responde a la espera del hombre
Los profetas del Antiguo Testamento expresan con particular intensidad esta espera que es el hombre. Es la espera del Mesías, de la respuesta de Dios a su pueblo. Pero ¿es posible esperar? La espera se mantiene y crece porque la respuesta sale a nuestro encuentro. Es una respuesta que no viene de nosotros, que no es limitada como nosotros, porque tiene las dimensiones de lo infinito. No es una respuesta que me ofrece simplemente otro hombre, radicalmente sediento como yo. No es simplemente la ayuda de un "genio humano", capaz de expresar mejor que yo cuanto vive en mi corazón sediento. Es una respuesta capaz de responder a mi sed de infinito porque proviene del infinito mismo que sale a mi encuentro.

Dios no abandona al hombre a la pretensión de dar respuesta por sí mismo a la sed que lo constituye o a una desesperación escéptica, sino que inicia con los hombres una historia de salvación. Y así estableció la alianza con Noé y, sobre todo, eligió a Abraham, padre de todos los creyentes, del que nacerá el pueblo de la promesa. La historia de salvación que Dios obra con su pueblo encuentra en la liberación de Egipto (la Pascua) y en la alianza del Sinaí su momento culminante. Dios ha respondido y lo ha hecho con sobreabundancia y al alcance del hombre: el pueblo de Israel ha podido comprobar en su propia carne que Dios salva. Y sin embargo, la infidelidad (o como presunción o como escepticismo: ¡de nuevo las dos tentaciones contra la espera del hombre!) se abre paso en la vida del pueblo. Pero Dios no cede ante la fragilidad de su pueblo…
3. Jesucristo: la respuesta de Dios al hombre
Dios no cesa de responder, y lo hace cada vez con mayor misericordia y sobreabundancia. Y ha querido llevar a plenitud su designio histórico de salvación: «al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva» (Gal 4, 4-5).Dios envió a su Hijo: esta es la respuesta de Dios a la espera del hombre. Aunque podamos tener muchas imágenes o ideas de lo que es el cristianismo y la fe, lo cierto es que, sintetizando al máximo, el cristianismo dice de sí mismo esto: Dios envío a su Hijo. Todo lo demás está en función de este hecho que constituye el centro y el fundamento de la historia. Es importante que comparemos la idea que tenemos de la fe, con este anuncio, sencillo y radical al mismo tiempo. Radical porque si Dios ha enviado su Hijo, entonces mi sed de infinito puede encontrar quién la sacie. Sencillo porque se trata simplemente de encontrar, o mejor, de ser encontrado por Aquel que Dios ha enviado.
Enviando a su Hijo, Dios ha querido responder personalmente a nuestra espera. El Hijo no es un simple enviado, no es un mero profeta. El Hijo es, como recitamos en el credo cada domingo, «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre». Esto significa que el Hijo puede responder a nuestra espera: es el Infinito que sale al encuentro de nuestro corazón que desea todo. A la sed del hombre podía responder sólo Dios, y lo ha hecho personalmente. Jesucristo es Dios que responde humanamente al hombre.
Los Evangelios testimonian continuamente como en la vida, en la humanidad de Jesús, se hace presente Dios mismo respondiendo a la espera del hombre. Este es el camino que la Trinidad ha querido recorrer para salir al encuentro del hombre: se llama Encarnación. Haciéndose hombre para encontrar a los hombres como un amigo encuentra a otro amigo, Dios ha revelado hasta el fondo el rostro del hombre.
Si el cristianismo es Dios que envió a su Hijo, si Jesucristo es la respuesta que Dios ha ofrecido humanamente a la espera del hombre, entonces "la cuestión fundamental" de la vida es encontrarse con Él.
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