1. La respuesta tiene un nombre
La respuesta personal que Dios ha ofrecido humanamente a nuestra sed de infinito, su propio Hijo, supera todos nuestros deseos. Es absolutamente sobreabundante. Y, sin embargo, dicha respuesta es lo más concreto que existe, tiene hasta un nombre preciso: Jesús.
La respuesta de Dios al hombre es una Persona: su Hijo Jesús. Es importantísimo que no pasemos por alto esta afirmación: Dios no ha querido respondernos dictándonos unos principios doctrinales o enseñándonos un camino moral para que pudiésemos recorrerlo. Dios nos ha respondido enviando a su Hijo.
Por eso la tarea de la vida es la amistad con Jesús, conocerle y amarle. Convivir con Jesús es el modo para que nuestro corazón sacie permanentemente su sed. Es impresionante que el Evangelio describa la primera intención de Jesús al elegir a sus amigos más directos, los doce, con estas palabras: «instituyó doce para que estuvieran con él» (Mc 3, 14). Estar con Cristo: esta es la respuesta, este es el camino, esto es ser cristiano. Y esto, atención, es el contenido de la vida: porque la vida se nos ha dado para que nuestro corazón se sacie, para que seamos felices.
2. El asombro ante Dios hecho hombre
Jesús, lo hemos visto, es la respuesta de Dios que sale humanamente a nuestro encuentro. Quizá estemos demasiado acostumbrados a escuchar estas palabras como para volver a conmovernos con lo que anuncian y significan, ¡cómo si fuese lo más normal del mundo! Sin embargo, basta detenerse un momento y repetirlas pensando lo que decimos, para que el asombro y la conmoción nos invadan: DIOS SE HA HECHO HOMBRE.
- Dios se abaja para encontrar humanamente a los hombres. El Nuevo Testamento nos ofrece numerosos pasajes que nos pueden ayudar a acercarnos de manera nueva a este misterio de misericordia. Todos estos textos nos hablan de un hecho concreto: Dios ha nacido. Dios, siendo Dios, ha querido hacerse hombre para poder ser visto, oído y tocado; para poder hablar humanamente a los hombres, para ser salvador del pueblo. El misterio de la Encarnación expresa, por tanto, un amor tan sobreabundante que no teme hacerse en todo igual al amado, menos en el pecado.
- Dios, para manifestarnos su amor, cuenta con nosotros. La sobreabundancia del amor de Dios se manifiesta de manera particular en el hecho de que nos llama a colaborar con Él. Dios se ha hecho hombre a través del sí de María Virgen. El amor no impone. Quien ama invita al amado a responder, espera su sí como el don más precioso. Contemplando el misterio de la Encarnación, podemos reconocer que Dios llama discretamente a nuestra puerta, pide la ayuda de la libertad del hombre para poder entregarse a él y amarle. Dios solicitala colaboración de su criatura en la obra de la salvación. Por ello contemplando el misterio de la Encarnación a través del sí de la Virgen, podemos aprender la verdad y el valor de la libertad. La libertad es, ante todo, la capacidad de decir sí, de adherirse al designio de amor de Dios.
- La "humanidad" de Dios. Ya hemos dicho que Dios ha querido responder humanamente al hombre. Esto significa que el camino que Él ha elegido, el lenguaje que ha preferido, ha sido el camino y el lenguaje de los hombres: Dios habla con palabra humana. Por eso, desde que Dios se ha hecho hombre, para conocerle y amarle, para verle, oírle y tocarle la vía que se nos ofrece es el hombre. Concretamente este hombre: Jesús de Nazaret. Y en Él todo lo humano.La Iglesia no deja de recordárnoslo cuando afirma que nada humano nos es ajeno: «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. La Iglesia se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia» (Gaudium et spes 1).

3. Encontrarse con JesúsDios se hace hombre y nace en Belén.
Los prodigios de la noche de Navidad se sumergieron en la normalidad de la vida cotidiana de la familia de Nazaret. Y lo hicieron durante treinta años. Creciendo, Jesús se dio a conocer. Dios hecho hombre salió al encuentro de los hombres: concretamente, en la historia de los hombres, en medio de sus faenas cotidianas.
Jesús sale a nuestro encuentro sin que nosotros lo merezcamos. Más aún: la razón por la que sale a nuestro encuentro es que necesitamos ser salvados. Jesús sale a nuestro encuentro porque viene a buscarnos, a nosotros que estábamos perdidos, y se dirige a nosotros pronunciando nuestro nombre. La conmoción del corazón de Zaqueo al oír su nombre (Lc 19, 1-10). es la misma que la de san Pablo cuando dice: Cristo «me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2, 20). El encuentro gratuito con Jesús llena el corazón de Zaqueo de alegría: es el signo de la presencia de Dios en la vida. Esa alegría que nace de la conciencia de ser amado, y amado hasta el punto de que nuestro pecado es redimido y abrazado, sumergido en un océano de misericordia. El encuentro con Jesús, que es un encuentro de salvación, pone siempre al hombre ante la decisión de seguirle, de cambiar, de convertirse. De nuevo nuestra libertad vuelve a ser protagonista, de nuevo el amor llama a la libertad del hombre a colaborar con él.
Pero el encuentro con Jesús es el inicio de un camino. Miles de personas le encontraron. Algunos empezaron a seguirle. A unos pocos les invitó a convivir con Él más estrechamente. En el camino de seguimiento de Jesús, la libertad de los discípulos - ¡y hoy la nuestra! - se ponía en juego día a día. Fue un camino en el que compartieron la humanidad de Dios. Y en ese camino, poco a poco, creció el conocimiento y el amor por Jesús.
No hay comentarios:
Publicar un comentario